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Cultura / El Hilorio

Horroroso crimen

El año mil novecientos
veintinueve según cuentan
para poderlo contar
invoco a la Santa Reina
Dios te salve madre bella.
En una preciosa aldea
de la provincia de León
que todo el mundo comenta
vivía Antonia Delgado
joven de brillantes prendas
que apenas cumplió quince años
con las quince primaveras.
De esta joven se enamoró
Juan Francisco de las Heras
con el fin honesto y casto
de desposarse con ella.
Según nos lo previenen
Nuestra Santa Madre Iglesia
estando para casarse
sucedió la suerte adversa
de que cayese soldado
en la remota guerra.
A su destino marchó
lleno de angustia y pena
y la Antonia se quedó
convertida en Magdalena
siendo su ojos dos fuentes
ni de noche ni de día cesan.
Pasados ya nueve años
tuvo por noticia cierta
que Francisco había muerto
en una acción sangrienta.
Cuando esto se divulgó
se presentó a la doncella
Alejandro Carrascosa
y pidió su mano bella.
Antonia se la concede
y sus padres con presteza
disponen el matrimonio
y la boda se celebra.
Vivian los dos esposos
cual ángeles de la esfera
con salud y paz y gracia
sin la menor controversia.
El cielo les dio una niña
que era la gloria completa
de aquellos finos amantes
de sus abuelos y abuelas.
Pero como la fortuna
no tiene su rueda abierta
y la serpiente infernal
solo trastornos inventa.
De la noche a la mañana
Juan Francisco se presenta
causando el asombro a todos
los vecinos de la aldea.
Pronto le dan la noticia
de que su novia se encuentra
ya casada y que tenía
una hija hermosa y bella.
Disimulando su furia
aquella horrorosa hiena
áspid convertida en hombre
y basilisco en fiereza.
Fingiendo que se alegraba
dijo se en hora buena
a salido a paseo
y con Antonia tropieza.
Y con mil zalamerías
la dice de esta manera
Dios te guarde amada Antonia
¿Cómo te va dulce prenda?
¿Te trata bien tu marido?
dímelo que si supiera
te mirara con malos ojos
de puñaladas le diera.
La joven le contestó
que se hallaba muy contenta
muy estimada y en paz
que era cuanto pretendiera.
Después de varias razones
sabiendo que estaba fuera
el marido de la Antonia
la dice solo quisiera
que me hicieras un favor.
Contestándole la honesta
y virtuosa muchacha
pídelo que como no sea
en ofensa de mi esposo
por concedido te queda.
Te quiero yo mucho Antonia
para que imaginar puedas
que yo había de ofenderte
ni por asomo siquiera.
Es el caso que esta noche
hemos dispuesto una cena
entre cuatro o cinco amigos
y no queremos que sepan
de nada nuestras familias.
Con que así, si tú quisieras
la hiciéramos en tu casa
el favor se agradeciera
la amable Antonia responde
si es esa friolera.
A la hora que tu digas
yo te la tendré dispuesta
nuestra broma entre los cuatro
hemos pensado en hacerla.
Se despidieron entre ambos
y él besó la niña bella
diciendo Dios te bendiga
hermosísima azucena.
Serian como las ocho
llaman los cuatro a su puerta
abre la Antonia y entraron
con muchísima cautela.
Diciendo no hacer ruido
porque alguien no nos sienta
se meten en la cocina
y empiezan a cortar leña.
Ponen la sartén al fuego
y con aceite la llenan
llama Francisco a la Antonia
que estaba dando la teta
a su desgraciada hijita
y enseguida se presenta.
¿Que es lo que quieres Francisco?
que he de querer considera,
quiero que estés con nosotros
y disfrutes de la fiesta.
Y tomándola la niña
al momento la degüellan
sin que la infeliz madre
el libertarla pudiera.
Ella cómo quedaría
considérenlo el que tenga
hijos que a mi el corazón
se me parte de la pena.
¡Oh cocodrilo feroz
cruel e inhumana fiera!
Peor mil veces que Herodes
que Nerón ni los que cuentan
de tiranos las historias
de España, Roma ni Grecia.
Sin aliento y sin palabras
la triste madre se queda
y aquel impío verdugo
a hacer tajadas empieza.
Fríen aquella paloma
y al punto ponen la mesa
y para dar más tormento
a la madre luego ordenan
a que vaya y traiga el vino
para celebrar la cena.
Acompañándola uno
con una orden expresa
de que al primer movimiento
de acción o palabra o seña
que la muchacha advirtiese
de puñaladas la diera.
La dan la bota y dinero
a la afligida cordera
y con el otro a su lado
se dirige a la taberna.
Pide el vino y al pagar
la aprieta a la tabernera
la mano más ella astuta
cayó al instante en la cuenta
de que algo sucedía
a Antonia de las Heras.
Le da parte a su marido
y que a dar parte se fuera
Ve a avisar a la justicia
y que la sigan las huellas
a esa infeliz criatura
que en gran peligro se encuentra.
El prudente tabernero
más veloz que una saeta
reúne los somatenes
van en busca de la presa.
A la casa del alcalde
quien con suma ligereza
acude en casa de Antonia
y con su gente la cerca.
No se oía ni una mosca
cuando un somatén observa
que la puerta de la calle
estaba un poco entreabierta.
La empujan poquito a poco
y con el alcalde entran
otros tres y con silencio
hasta la cocina llegan
dónde oyeron a Francisco
obligaba con soberbia
a que comiera la madre
de aquella inocente presa
diciendo si no comía
lo mismo hacían con ella.
¡Justicia señor justicia
señor alcalde clemencia
que esta angustiada madre!
mirad esa niña tierna
que está frita en la sartén
aquí tenéis su cabeza.
Yo fallezco Jesús mío
esta es mi hora postrera
no desamparéis mi alma
recogerla pues es vuestra.
Y dando un tremendo adiós
se quedó la infeliz muerta.
¡Oh amantes enamorados!
contemplar esta tragedia
que a veces el principio
pasito a pasito se acerca
y los reos en la cárcel
pagaran toda la pena.