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Cultura / El Hilorio

El mendigo y los muchachos

Por una plazuela pública
cuando se hallaban jugando
al fútbol, unos chiquillos
que eran de la piel del diablo.
Acertó a pasar un viejo
mendigo, lleno de harapos
con el paso vacilante
propio de muchos años.
Enfrascados los pequeños
en su juego, no observaron
la presencia de aquel pobre
y prosiguieron pegando
al balón sendas patadas
persiguiéndole alocados
y celebrando con gritos
la victoria de algún bando.
Y ocurrió que un mozalbete
en un tiro fuerte y rápido
dio con el balón al viejo
y este al suelo fue rodando.
Lanzó el pobre un grito sordo
los pequeños asustados,
los más salieron huyendo
los menos allí quedaron.
El autor del accidente
imprevisto, involuntario,
en socorro de la víctima
acudió presto angustiado.
Dolorido y pesaroso
de ser causante del daño
y levantando al caído
le dijo casi llorando:
¡Perdóneme buen hombre!
¿Le hice mal? ¿Se ha lastimado?
Viendo la humildad del chico
le contestó así el anciano:
No, hijo, tu no tienes la culpa
estabas jugando
y no me viste. La culpa
sólo es mía, que a mis años,
triste solo y desvalido
sin hogar y abandonado
tengo que ir por estas calles
recorriendo mi calvario,
hasta que Dios con su gracia
quiera llevarme a su lado.
Calló el viejo. El mozalbete
conmovido del relato
llamó a todos los chiquillos
a quienes explicó el caso
angustioso de aquel viejo.
Y propuso y acordaron
hacer allí una colecta
que obtuvo buen resultado.
Quien aportó un panecillo
quien pastas, quien un cigarro,
quien dinero y en fin todos
contribuyeron con algo.
El anciano sorprendido
de tan generoso acto,
balbuceó breves frases
de gratitud llorando.
Prosiguió su ruta incierta
con sus vacilantes pasos
y cuentan los que le vieron
al partir iba besando
el dinero y la comida
que le dieron los muchachos.