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Cultura / El Hilorio |
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Por una plazuela pública
cuando se hallaban jugando al fútbol, unos chiquillos que eran de la piel del diablo. Acertó a pasar un viejo mendigo, lleno de harapos con el paso vacilante propio de muchos años. Enfrascados los pequeños en su juego, no observaron la presencia de aquel pobre y prosiguieron pegando al balón sendas patadas persiguiéndole alocados y celebrando con gritos la victoria de algún bando. Y ocurrió que un mozalbete en un tiro fuerte y rápido dio con el balón al viejo y este al suelo fue rodando. Lanzó el pobre un grito sordo los pequeños asustados, los más salieron huyendo los menos allí quedaron. El autor del accidente imprevisto, involuntario, en socorro de la víctima acudió presto angustiado. Dolorido y pesaroso de ser causante del daño y levantando al caído le dijo casi llorando: ¡Perdóneme buen hombre! ¿Le hice mal? ¿Se ha lastimado? Viendo la humildad del chico le contestó así el anciano: No, hijo, tu no tienes la culpa estabas jugando y no me viste. La culpa sólo es mía, que a mis años, triste solo y desvalido sin hogar y abandonado tengo que ir por estas calles recorriendo mi calvario, hasta que Dios con su gracia quiera llevarme a su lado. Calló el viejo. El mozalbete conmovido del relato llamó a todos los chiquillos a quienes explicó el caso angustioso de aquel viejo. Y propuso y acordaron hacer allí una colecta que obtuvo buen resultado. Quien aportó un panecillo quien pastas, quien un cigarro, quien dinero y en fin todos contribuyeron con algo. El anciano sorprendido de tan generoso acto, balbuceó breves frases de gratitud llorando. Prosiguió su ruta incierta con sus vacilantes pasos y cuentan los que le vieron al partir iba besando el dinero y la comida que le dieron los muchachos. |