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Cultura / El Hilorio

El asilo

Con la voz quebrada
y el alma transida
fue diciendo adiós
a toda una vida.
Miró aquella casa
llena de recuerdos
contempló la alcoba
refugio de sueños.
De pronto miró
el viejo retrato
de aquella mujer
que le dio dos hijos
que juntos criaron.
Le estrechó en su pecho
exhaló un suspiro
dijo para sí:
¿por qué tu te has ido?
De pronto una voz
llegó a sus oídos,
padre baje ya
se va haciendo hora
a las ocho cierran
cierran el asilo.
Con la voz quebrada
y el alma transida
aquel viejecito
se limpió las lágrimas
bajó la escalera
tranquilo y despacio.
La vieja madera
crujía a su paso.
Subió al automóvil
sin decir palabra
el hijo le dijo:
allí estará bien
los cuidan, los aman.
Aquel ancianito
replicó de pronto,
¿es que en vuestra casa
no hay algo de sitio
para quien te dio
amor y cobijo?
Para quien pasó
por ti mil fatigas.
Te enseñé a ser hombre
y andar por la vida.
Tragando saliva
el hijo repuso:
Ya hemos llegado,
baje que le ayudo.
Llamaron al timbre
de aquel viejo asilo.
La puerta se abrió
y una monja dijo:
Pasen por favor.
Deme la maleta,
pase usted señor.
Los dos se abrazaron
dijeron adiós.
Vendré padre a verlo
quede usted con Dios.
Al llegar a casa
pregunta el niñito
dónde está el abuelo
papá quiero verlo.
No viene conmigo,
está en el asilo,
quedó sonriendo,
quedó muy tranquilo.
Sólo seis añitos
contaba aquel ángel
de rubios cabellos.
Clavó sus ojos
en los de su padre
diciendo al instante:
entonces papá
cuando tú seas viejo
haré yo lo mismo.
Tendré que llevarte
también al asilo.
El padre sintió
que un escalofrío
recorría su pecho
que la sangre se hacía
un bloque de hielo.
No, le dijo el padre,
eso yo no quiero.
Le estrechó en su pecho
recordó a su padre
de repente dijo:
vamos, vamos a buscarle.
Llamaron al timbre
de aquel viejo asilo
desde el interior
una voz les dijo:
ya pasó la hora
para las visitas
mañana a las diez
serán recibidos.
La noche se hizo
larga, interminable.
Pensaba aquel hijo
en su pobre padre.
A las diez y media
tocaba aquel timbre.
Abrió una monjita
con cara muy triste
le llevó corriendo
a una habitación
dónde se encontraba
un joven doctor.
¿Qué ocurre?, gritó
al ver a su padre
postrado en la cama,
pálido y exangüe
ese corazón...
que salgan pronto,
repuso el doctor.
Cogió el maletín
y haciendo una seña
le invitó a salir.
Fuera en el pasillo
dijo aquel doctor:
No hay nada que hacer
morirá señor.
De pronto sintió
que un escalofrío
recorría su cuerpo,
que la sangre se hacía
un bloque de hielo.
Entró dónde estaba
aquel moribundo
lo abrazó diciendo:
Venía a buscarte
para vivir conmigo.
Apenas los labios
del viejo rieron,
apenas el hijo
apretó los dedos
de aquel que gemía
bajo el blanco lecho.
Sin darse ni cuenta
que ya las campanas
tocaban a muerto.