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Cultura / El Hilorio

Poesía del anciano

Teniendo yo quince años
perdí mi madre querida
y entrando en los setenta
mi padre también moría.
Pero he tenido el consuelo,
lo digo de corazón,
que a mi me tocó una suegra
de lo bueno, lo mejor.
Tratad bien a los ancianos
con un amor singular
pensando que nosotros
caminamos hacia allá.
Algunos los llaman viejos
sin detenerse a pensar
que aquel que no llegue a viejo
la vida le ha de costar.
Y cuando ven a un anciano
por la calle pasear
lo miran y luego dicen
ese viejo ¿dónde irá?
Sin pensar que aquel anciano
que por nuestra vera pasa
seguro que sale a la calle
por no estorbar en su casa.
Déjalo andar a sus anchas
en su propio domicilio
déjale siempre sentarse
en su sitio preferido.
Hacer siempre las labores
cuando en su casa no está
para no tener que decirle
póngase usted para allá.
No ponerle mala cara
ni tampoco reprender
si se le cae algo al suelo
a la hora de comer.
Cuando fuma su pitillo
y le cae ceniza al suelo
nunca debéis decirle
¿para qué es el cenicero?
Cuando ocurren estas cosas
siempre debemos pensar
que eso es cosa de los años
él no quiere molestar.
También para ciertas cosas
se les debe consultar
hacerles ver con agrado
que es patriarca del hogar.
Y las hijas con cariño
las dirán a sus mamás
¿Quién te manda a ti hacer esto?
¿No puedes estar "sentá"?
Ya has trabajado bastante
ahora solo a descansar
sin darse cuenta del daño
que la acaba de causar.
La anciana piensa muy triste
ya no sirvo para "ná"
¡mi hija ya no me quiere,
tan solo hago estorbar!
Deja a la abuela tranquila
y nunca la digas nada
que sea ella quien te diga
si hacer algo o estar sentada.
Aquel cuento que de niña
mis mayores me contaron
yo os lo voy a decir
porque es bueno recordarlo.
Había una vez un señor
cargado de muchos años
le temblaba mucho el pulso
y rompía muchos platos.
Tantas broncas recibía
aquel anciano de su nuera
que su propio hijo le hizo
una taza de madera.
Desde aquel día el anciano
ordenado por su nuera
pasó a comer a un rincón
con su taza de madera.
Su nieto lo presenciaba
quería mucho a su abuelo
va y le dice a su mamá
muy tranquilo y muy sereno:
Voy a buscar un madero
porque quiero hacer dos tazas
para ti y para papá,
cuando los dos seáis abuelos.
Desde aquel día el anciano
volvió a sentarse en la silla
y comió en el plato de loza
sacado de la vajilla.