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Cultura / El Hilorio

Comprando madre

¡Ay ... la madre es una cosa
tan pura, tan santa y bella
que los hombres la inventaran
si en el mundo no existiera!
Bien lo dice la aventura
de un niño que en Nochebuena
se va a comprar una madre
con la ilusión más ingenua.
Ocurrió yo no sé dónde
y el niño no sé quién era,
más era un huérfano pálido
como una espiga de cera.
Nota que en todas las casas
hay una mujer muy buena,
que reparte golosinas
que a los niños quiere y besa.
Y él, lleno de santa envidia,
lleno el pecho de tristeza,
se va a comprar una madre
que alegre su Nochebuena.
Y entra en una joyería
donde relumbran las perlas
como luceros cosidos
en luz de cristal y seda.
"Joyero...¿puede venderme
una madre que me quiera?
Mire que estoy muy solito
y esta noche es Nochebuena."
Y el joyero le sonríe,
diciéndole con dureza
"¡Vete necio, que esta joya
no la tengo aquí de venta!"
Y el niño sale llorando
y nieva...nieva y más nieva;
y aprisa sobre la nieve
llega el niño hasta una tienda.
En cristales de colores
relucen cual ricas piedras,
las figuras más variadas
de turrones y de cremas.
Y el niñito abre unos ojos
como de rasgada estrella
y se dice: "Aquí estará
la madre que a mi me quiera!"
Y pregunta que si venden
allí una madre, y contestan
que le darán unos dulces
si algo de dinero lleva.
Y él, que lleva sólo andrajos
y hambre de amor en las venas,
se marcha y sigue llorando
cada vez con más tristeza.
¡Y cómo le cuesta andar!
¡Si la sangre se le hiela!
¡Si sus pies amoratados,
con sangre la nieve riegan!
Y blanca de blancos copos
su dorada cabellera,
llega a un templo dónde cantan
y muchos chiquillos entran.
Forrados de ricas pieles
y las caras muy risueñas,
y se dice: "¡Aquí sin duda
se venden las madres buenas!"
Y va a entrar, pero el portero,
que le ve de tal manera,
descalzo y medio desnudo
le dice con voz muy recia:
"¡Así no se puede entrar!
¡Vete de aquí...mala pieza!"
Y el huerfanito tan bueno
que es un ángel de la Tierra
se retira sollozando
y ¡Oh Señor! con tanta pena.
Calle abajo y calle arriba
con un teatro tropieza
dónde soles son los focos
flautas y tambores suenan
y cientos de alegres niños
se introducen por sus puertas.
Y quiere meterse él,
y una manaza de piedra
le retiene y le retiene
y el huerfanito contesta:
"¡Voy a comprar una madre!
¡Déjeme!", y su voz se quiebra
como un farolillo de agua
chocando con una peña.
"¡Imbécil!", ruge el guardián,
"¡Vete de aquí...vete afuera!".
Y el niño casi sin vida
sigue y sigue con su idea.
Se oye en la noche oscura
su voz se repite queda:
"¿Dónde se vende una madre?
Dios mío ¿porqué me pegan?
Madre, madre ¿dónde estás?
Madre, madre ¿dónde esperas?
Y al pasar tras los cristales
ve fogatas hechiceras
y niños de rizos de oro
que ríen, cantan y cenan,
al lado de una mujer
que canta, acaricia y besa.
Y pasa la media noche
templos y hogares se cierran,
y arrebujada en la nieve
se queda la noche buena.
Sólo allá en la lejanía
ve el niño unas luces trémulas
arrastras y sollozando
casi muerto va hacia ellas.
Aquello es el campo santo,
y de pie, junto a la puerta,
dice, con voz que parece
chasquido de rama seca:
"¿Venden aquí una madre?
Madre, madre ¿no contestas?
¿Y quién le va a contestar
si es el cementerio?
Rueda sobre la nieve el chiquillo
y la nieve que cae lenta
le hilvana con sus capullos
una mortaja de seda.
Y el huerfanito se muere
al pie de las tapias serias
dónde se pudre su madre,
y muere cara a una estrella
porque piensan que allá arriba
tal vez una madre vendan.
Y hacia la estrella y el cielo
el alma del niño vuela
que si él no compró una madre
la noche de Nochebuena,
la Virgen le compró a él
para que en el cielo vea
la fiesta de Navidad,
teniendo por madre a ella.
¡Ay!... la madre es una cosa
tan pura, tan santa y bella
¡que los hombres la inventaran
si en el mundo no existiera!