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Cultura / El Hilorio

El secuestro de una joven

En la ciudad de Poitero
de la noble y culta Francia
desde muy remotos tiempos
una familia habitaba.
Eran personas muy ricas
de la alta aristocracia
que el apellido Muriel
brillantemente ostentaban.
Nadie pudo presumir
que aquella familia honrada
fuera conocida un día
por cometer una infamia.
Luisa y Marcelo Rondin
pasaban por gente honrada
eran dos hermanos viudos
y de fortuna nombrada.
De su fallecido esposo
el marqués de Puranava
dejó Luisa una hija
de una belleza muy rara.
Era de buen corazón
y por nombre tiene Blanca
Marcelo tiene otra hija
a la que Amelia llamaban.
Los dos hermanos un día
formaron una alianza
para favorecer a Amelia
y perjudicar a Blanca.
Marcelo estaba arruinado
como lo estaba su hermana
pues la fortuna que había
era de la pobre Blanca
que la heredó de su padre
el marqués de Puranava.
Cuando cumplió los diez años
la joven fue secuestrada
por su despiadada madre
en un sótano de la casa.
A los amigos y amigas
que llegan a visitarla
les dice la marquesa
que por estar delicada,
que ha enviado a su hija
a vivir lejos de Francia
con unos parientes nobles
que tenían en España.
Así pasaron los años
la pobre Blanca encerrada
en aquel sótano oscuro
y sobre un jergón de paja.
Cada veinticuatro horas
para comer la llevaban
lo que les sobra a los perros
y los gatos de la casa.
La dejaban en el suelo
con un cuartillo de agua
y allí quedaba la pobre
de todos abandonada.
Al principio la infeliz
amargamente lloraba
y suplicaba a su madre
que no la mortificara.
Pero la maldita hiena
la vil mujer sin entrañas
las súplicas de su hija
con frialdad escuchaba.
No hay pluma que no pueda
pintar la inmensa desgracia
de aquellos quince años
que estuvo sufriendo Blanca.
Acostada en el jergón
sobre la asquerosa paja
el pelo la fue creciendo
sin que jamás le cortara.
Las uñas de pies y manos
le crecían como garras
su ropita echa jirones
las carnes sucias mostraba.
Cuando el sueño la rendía
al punto la despertaban
mil asquerosos reptiles
que en el sótano habitaban.
Su enflaquecido cuerpo
lleno de costras estaba
los asquerosos parásitos
con gran furia se ensañaban.
La comida despreciable
que con su mano tomaba
era pasto muchas veces
de cucarachas y ratas.
Cuando su madre acudía
a llevarla la pitanza
jamás hablaba con ella
ni compasión la inspiraba.
Parecía un esqueleto
según lo flaca que estaba
y con su pelo abundante
su débil cuerpo tapaba.
Cuando a veces el dolor
sus gemidos arrancaba
su vengativa madre
tenía visita en casa.
Al preguntar que quien era
aquel ser que se quejaba
la marquesa respondía
es una perra de lanas,
que parió hace pocos días
y está algo delicada,
para que no nos moleste
la tengo siempre encerrada.
Mientras sufría en el sótano,
la desventurada Blanca,
su madre, tío y su prima
su fortuna derrochaban.
Dios quiso que la infeliz
de aquel infierno escapara
poniéndola en su camino
una mísera criada.
Era esta una mocita
a servir recién entrada
que no conocía el secreto
de la señorita Blanca.
Un día que su ama sola
la dejó dentro de casa
oyó débiles gemidos
que del sótano llegaban.
De curiosidad movida
bajó a ver quien se quejaba
llegó al sótano y miró
la fuerte puerta cerrada.
Empezó a llamar a voces
preguntando que pasaba
y la respondió Blanquita
pero ella no entendió nada.
Carmen que era la doncella
volvió al interior de casa
registró por todas partes
con inquietud y con ansia.
Por fin encontró la llave
de aquella tumba inhumana
bajó corriendo y la abrió
y retrocedió espantada.
Al contemplar en el suelo
arrastrándose y a gatas
a aquel ser que no tenía
sombra de figura humana.
Madre ¿vienes a sacarme?
dijo con voz débil Blanca
pensando que era su madre
y de ella se apiadaba.
No soy su madre, la dijo
Carmen con voz apenada,
su madre salió hace poco
yo sólo soy la criada.
¡Sácame de aquí, me muero
Dios te premiará mañana
se lo juro señorita
a fe de mujer honrada!
Después de hablar un momento
Carmen se ausentó de Blanca
por temor que la marquesa
de improviso regresara.
Déjola otra vez de nuevo
en el sótano encerrada
y tornó a dejar la llave
allí dónde la encontrara.
Se fue a su cuarto y al punto
escribió al juez una carta
contándole con detalles
lo del secuestro de Blanca.
Así que el juez recibió
la carta que le enviaban
creyó enseguida que era
aquella denuncia falsa.
Amigo de la marquesa
y de su hermano, pensaba,
que era una calumnia
que a los dos les levantaban.
Más como él era el juez
tenía obligación sagrada
y se dispuso a cumplirla
costara lo que costara.
Salió deprisa, al momento,
seguido de cuatro guardias
y diez minutos después
ante el palacio llegaban.
Avisan a la marquesa
que aquí el señor juez aguarda
y tengo que hablar con ella
de una cuestión delicada.
Al momento la marquesa
ordenó que el juez pasara
le hizo mandar sentar
en un sillón de la casa.
señora, le dice el juez
enseñándola la carta,
tomad y leed vos misma
de lo que este escrito trata.
Al leer aquellas líneas
la marquesa quedó pálida
y contestó: Señor juez
este escrito es una infamia.
En mi casa no es posible
el crimen que se relata,
hace más de quince años
que falleció mi hija Blanca.
Así lo creo marquesa,
dijo el juez, pero se trata
de un asunto terrible
y hay que registrar la casa.
La marquesa no quería
que registraran la casa
y le dice con orgullo:
Señor, mi palabra basta.
A la justicia marquesa,
dijo el juez, hay que acatar
registrar no hay más remedio
lo dice el mandamás.
Nunca, dijo la marquesa,
yo soy el ama de mi casa.
Al ver que de tal manera
la criminal se negaba
el juez llamó y ,al momento,
se presentaron los guardias.
Entre dos la sujetaron
y otros dos con él se marchan.
Se dirigen hacia el sótano
y al punto la puerta saltan
encontrando entre guiñapos
el cuerpo horrible de Blanca.
En un coche la llevaron
al hospital bien tapada.
A su madre y a su tío
a la cárcel sin tardanza.
Les toman declaración
y ellos al punto negaban
pero ante las pruebas
a morir los condenaban.
La marquesa por vergüenza
de verse decapitada
pidió un veneno a un pariente
y así muere envenenada.
Marcelo, su hermano, fue
al patíbulo sin falta
después de arrepentirse
en el expiro su infamia.
Cayó por fin su cabeza
por la cuchilla cortada
para que de ejemplo sirva
a gente de su calaña.
La pobre Blanca vivió
sólo algunos meses mala
y se murió al poco tiempo
de sus amigos rodeada.
Aquí termina señores
el relato de este drama
ocurrió hace poco tiempo
en una ciudad de Francia.
Dios que siempre está presente
todo lo ve y lo declara
y como el refrán dice:
"Quien mal anda mal acaba".