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Cultura / El Hilorio

Doña Josefa Ramírez

A la que es Madre del Verbo
María y Señora nuestra
la pido humilde y postrado
me dé gracia con que pueda
referir a mi auditorio
la más infausta tragedia
y el infortunado caso
que sucedió a una doncella.
Prestadme atención os ruego
en la ciudad de Valencia
nació de muy buenos padres
la hermosa Doña Josefa.
Apenas cumplió esta niña
dieciocho primaveras
muchos galanes la rondan
sus celosías y sus puertas.
Entre tantos pretendientes
la adoraba muy de veras
un principal caballero
Don Pedro de Valenzuela.
Al fin la escribió un billete
con muy rendidas ofertas
la dio parte de su amor
la dama como discreta
con otro le corresponde
a su pretensión atenta
diciendo: Señor Don Pedro
yo estimo vuestra fineza
ya sabéis como en mi casa
soy la única heredera.
Hallo imposible señor
de que mis padres consientan
que yo con usted me case
más esta noche a la reja
de mi jardín os aguardo
a eso de las diez y media.
Dios os guarde caballero
quien os estima y venera
Doña Josefa Ramírez
como humilde esclava vuestra.
Con esto cerró el billete
y a un paje con diligencia
le mandó se lo llevase
el cual fue con gran presteza
a Don Pedro se lo dio
en propia mano y lo besa.
Rompió la nema y leyó
lo que ya expresado queda
deseando que la noche
tienda su manto de estrellas.
Llegó la citada hora
pronto se puso a la reja
hizo una seña y salió
aquella diosa Minerva.
Aquella estrella de Venus
tan bizarra como atenta
saludáronse corteses
y entre los dos dispusieran
que una noche la sacase
cuando en estas diferencias
le acometen dos traidores
a Don Pedro con violencia.
Dos estocadas le dieron
por la espalda, tan recias
que las heridas crueles
hasta el pecho le penetran.
Y como un león herido
sacó la espada y con ella
a los dos acometió
pero poco le aprovecha.
Ellos se escapan huyendo
y el triste joven dio en tierra
diciendo ¡difunto soy
perdonadme amada prenda!
Esta voz que oyó la dama
cayó amortecida en tierra.
Volviendo en sí del letargo
decía de esta manera:
¿Qué es lo que me sucede?
¡Cielos! ¿Qué desgracia es esta?
¿Qué he de hacer triste de mí?
¡Oh fortuna tan adversa!
¿Dónde hallaré yo alivio
a tanto tropel de penas?
Ya no tendré yo sosiego
hasta que de cierto sepa
quienes son los alevosos
que con tan grande inclemencia
a Don Pedro dieron muerte.
Toda en lágrimas deshecha
jura que se ha de vengar
a pesar de las estrellas.
se retiró a su aposento
como una leona fiera;
se despojó de su ropa
tomando capa y montera.
Una charpa y dos pistolas
también su espada y rodela
y un trabuco que pendiente
de su cintura lo lleva.
Luego partió a un contador
y sacó de una gaveta
hasta doscientos doblones
y se ausentó de Valencia.
Entre unos montes se oculta
y de noche daba vuelta
y va a las casa de juego
donde todo se conversa.
Jugando estaba una noche
y otros señores con ella
sin saber con quien hablaban
del caso la dieron cuenta.
Dicen que Don Leonardo
y Don Gaspar de Contreras
salieron con gran sigilo
de la ciudad de Valencia.
Doña Josefa responde
¿pues que cosa los molesta
a esos nobles caballeros
para salir de su tierra?
Quizás irá a algún pleito
de algunas de sus haciendas
que quien tiene mayorazgos
nunca les faltan quimeras.
No es mal pleito el que les pasa
ellos dieron por respuesta
pues son los que dieron muerte
a Don Pedro Valenzuela.
Disimulando su enojo
respondió con gran reserva:
mucha fuerza se me hace
ni me es posible que crea,
que esos nobles caballeros
hiciesen acción como esa
que fuera gran villanía
pues les asiste en sus venas
sangre noble y esto basta.
Saber que hay quien los defienda
y eso no se puede hablar
sin saberlo muy de veras.
Sabed que es mucha verdad
lo que os digo, si no lo fuera
nada me importa el decirlo
más ella con gran cautela
respondió: ¡Dios los asista!
¿A dónde su viaje llevan?
y ellos mismos la informaron
que iban a Cartagena.
Salió del juego diciendo
buena suerte a sido esta
ya tendrá mi pena alivio
si se me logra la idea.
Y montando en el caballo
que al céfiro puso rienda
a Cartagena marchaba
con muy pronta diligencia.
Llegó una tarde feliz
a eso de las dos y media
en un mesón se hospedó
y a la patrona dijera:
Cuídeme de este caballo
que pronto daré la vuelta
y sin desarmarse fue
a la playa, por si encuentra
a alguno de sus paisanos
que tanto verlos desea;
no los pudo descubrir
y hacia el mesón dio la vuelta.
A la patrona la dijo:
que previniese la cena
y que la hiciese la cama
en una sala que tenga
las ventanas a la calle
sin darle a entender su idea
apenas anocheció
pronto se puso a la reja.
De la ventana escuchando
cuanto en la calle conversan
oyó decir a unos hombres
palabras que ella desea:
Para mañana en la noche
tenemos función muy buena
en casa Don Juan Mansilla
porque en su casa se hospedan
dos famosos caballeros
naturales de valencia
y quieren regocijarlos
más no quieren que se sepa,
por que en Valencia mataron
a un hombre de grandes prendas.
tente hombre y no prosigas
calla tu imprudente lengua
que no sabes quien te escucha
por que si bien lo supieras
no dieras cuenta a tu amigo.
¡Oh! cuanto más nos valiera
muchas veces el callar
que el que no habla no yerra.
Séneca muy bien lo explica
en una de sus sentencias.
ya satisfecha del caso
se quedó Doña Josefa;
apenas amaneció
hizo vivas diligencias
por descubrirlos y al fin
en la playa los encuentra.
De que los tuvo presentes
les dice de esta manera:
¿Me conocéis caballeros?
sabed soy Doña Josefa
aquella a quien agraviasteis
en la ciudad de Valencia
vengo a tomar la demanda
por Don Pedro Valenzuela
que habiendo muerto mi amante
poco importa que yo muera.
Sacan los tres las espadas
y a la batalla se aprestan
y a dos idas y venidas
le alcanzó Doña Josefa
al valiente Don Leonardo
una estocada tan recia
que le pasó por el pecho
dando su cuerpo en tierra.
Esto que vió Don Gaspar
cerró con Doña Josefa
más poco le aprovechó
porque ella con gran destreza
le pasó todo el costado
y a los dos difuntos deja;
se alborotó la ciudad
y acudió con gran presteza
el señor gobernador
para llevársela presa
más ella con arrogancia
dijo: Sepa su excelencia
que mi espada a nada teme
aunque un ejército venga.
Empezó a chocar con ellos
a uno toma a otro deja
tres alguaciles mató
y en medio de esta refriega
se le ha quebrado la espada.
Echó mano con presteza
al trabuco que traía
y a barrer la calle empieza
con que llegó a refugiarse
dentro de la misma iglesia.
Del seráfico Francisco
dónde a curarse se queda
dos balazos que llevaba
muy mal herida una pierna.
Buena ya de su accidente
pidió a los padres licencia
para salir del convento
y mandó que le trajeran
el caballo que tenía
en un mesón de allí cerca.
Fue un donado y se lo trajo
y agradeció la fineza
sin ser de nadie sentida
se salió de Cartagena.
Y ahora Pedro de Fuentes
en esta parte primera
da fin en la segunda.
Daré noticias enteras
en lo que vino a pasar,
la hermosa Doña Josefa,
ya dije como salió,
amparada en el silencio
de Cartagena, una noche,
llena de mil pensamientos.
Doña Josefa Ramírez
que marchaba para el reino
de Cataluña una tarde
al encuentro la salieron
siete bandidos, más ella,
los reconoció al momento.
Del caballo desmonta
de esta suerte diciendo:
Apartarse del camino,
presto quitarse del camino
o le quitaré la vida
al que fuese desatento.
Esto dijo y disparó
con tan bellísimo acierto
el trabuco que se lleva
de un tiro los tres primeros.
Que los cogió perfilados
y los otros que esto vieron
se pusieron en campaña,
más la dama con esfuerzo
sin punto de cobardía
se hizo fuerte contra ellos.
De los siete mató cinco
y los otros dos huyeron
ya con heridas de muerte
y no les valió con eso
que ella arrogante les sigue
y de merced la pidieron
les otorgase las vidas.
Metió la mano en el pecho
y dice: para estar segura
quitar estorbos de en medio.
Al soplo de dos pistolas
ambos se los dejó muertos
y montando en el caballo
como quien nada había hecho.
Llegó en fin a Barcelona
a donde supo de cierto
que ya la andaba buscando
su padre con gran anhelo.
Y al instante determina
vender el caballo y luego
embarcarse para Roma
sin reparar en los riesgos
que puedan sobrevenirla
como delante veremos.
Se embarcó al fin en las ondas
del salado mar soberbio
y fue su suerte tan mala
que a los dos días se vieron
de corsarios y argelinos
infelices y prisioneros.
Desembarcaron en tierra
a pregones los vendieron
la compró a Doña Josefa
a un moderado precio
un renegado muy rico
hombre de mucho respeto
que por sus buenos conceptos
era tenido en el pueblo.
Pregúntole a su cautivo
por su nombre, y al momento,
respondió Pedro me llamo
señor al servicio vuestro.
¿En que oficio te ocupas?
el oficio que yo tengo
es, señor, maestro de armas.
En buen oficio, por cierto,
te ejercitabas cristiano
más darte otro pretendo
¿Tú no sabes escribir?
algo entiendo también de eso
no con tanta perfección
porque usado no lo tengo.
Viendo su disposición
le entregó todo el manejo
de su casa y al instante
mandó su amo a dos negros
que tenía le enseñasen
la arábiga lengua de ellos.
Lo pusieron por la obra
y lo aprendió en breve tiempo
tan buena cuenta le daba
a su amo, y tan contento
le tenía que no sabe
que hacer con su escudero.
En este tiempo la mora,
mujer de su mismo amo,
al buen Pedro disuadía
y hacia algunos regalos.
Un día que salió el amo
a caza con sus monteros
le llamó y le dijo a solas:
cristiano yo por ti muero.
Yo no duermo ni descanso
en mi no cabe sosiego
porque esos dos luminares
con sus hermosos reflejos
me han partido el corazón.
Yo me abraso en vivo incendio
y si merezco la dicha
de que premies mis afectos
te prometo que serás
dichoso en aqueste pueblo.
Por no descubrir su sexo
con muy buenos documentos
Don Pedro la disuadía
de esta suerte diciendo:
Mirad que soy vuestro esclavo
y que si no tengo hierros
esta es merced que me hace
mi amo por ser tan bueno.
Y pues que de mi se fía
hacerle ofensa no quiero
y así señora dejadme
y no penséis más en eso.
Viendo la mora el desaire
que el cristiano la había hecho
jura por el gran Mahoma
que ha de vengar su desprecio.
Apenas entró su esposo
le salió al recibimiento
aquella falsa enemiga
le echó los brazos al cuello
y con un llanto fingido
le dijo: Poned remedio
en vuestra casa señor.
Porque el mayordomo vuestro
quiso atrevido ofenderme
muy lascivo y deshonesto;
a mi aposento se arroja
trajo consigo este acero.
De un puñal con amenazas
quería lograr su intento
más yo como una leona
me levanté de mi lecho
se lo quité de la mano
el cual, vedlo, aquí lo tengo.
Salió fuera el renegado
enfurecido y soberbio
a sus criados los manda
de que prendan a Don Pedro
en una oscura mazmorra
y que le carguen de hierros.
Y que no le dieran agua
tampoco el mantenimiento
y que allí se moriría
pagando su atrevimiento.
Un mozo piadoso había
compadecido de verlo
al descuido de su amo
le llevaba el alimento.
Y también le daba agua
con cariñosos afectos
que entre los infieles hay
también nobles sentimientos.
Al cabo de quince días
por ver si se había muerto
visítole el renegado
y luego que vio a Don Pedro
vivo, tomó un cordel
para azotarle soberbio
y al tiempo de descargarle
le dijo: señor teneos
y advertir que es falso todo
por lo que estoy padeciendo.
Yo soy mujer, no soy hombre
y como prueba de esto
un pecho le manifiesta
y dice basta con esto.
De la prisión la sacó
dándola abrazos muy tiernos
la dice cristiana amiga
por mi profeta te ruego
que no reveles la causa
de haber mi esposa este enredo
contra ti trazado.
Entonces le contó el suceso
viendo esto el renegado
iracundo y muy soberbio
juró por el gran Corán
y la ley que fiel profeso
he de ejecutar con ella
el castigo más acerbo
que hayan visto los nacidos
para que sirva de ejemplo.
Mandó al punto el renegado
que la prendan al momento.
Ejecutan el mandato
de su amo y la metieron
en una oscura mazmorra
mientras se encendía el fuego.
Llena la tina de aceite
y luego que estuvo hirviendo
a la mora la trajeron
y se lo echan por el cuerpo.
Mandó apartarse al tina
y que la arrojen al fuego
donde feneció la mora
pagando su atrevimiento.
Al cabo de pocos días
con felices pensamientos
ha llamado el renegado
a aquel hermoso portento
de Doña Josefa; y ella
acudió luego al momento.
Vos señor ¿qué me mandáis?
Venios a mi aposento
y a solas os lo diré,
que es de importancia el secreto.
Ya sabéis Doña Josefa
la voluntad que os tengo
y solo de vos me fío
para descubrir mi intento.
Pretendo pasar a Roma
a ser de mi culpa absuelto
y después de recogerme
en un sagrado convento.
Tú te pasarás a España
que ya prevenido tengo
dos mil doblones, los cuales
entre los dos partiremos.
Mira que te vas mañana
hoy se halla en este pueblo
un tratante mercader
a quien pagado tengo
el viaje y con el te vas
segura de todo riesgo.
Al pasar por Alicante
de España, famoso puerto,
la entregó los mil doblones
atados en un lenzuelo.
Se fue a coger su ropa
y joyas de mucho aprecio
que tenía, y todo junto,
lo encerró en un arca y luego
mandó al amo la llevasen
al navío; así lo hicieron
embarcóse el renegado
y aquel hermoso portento
de Doña Josefa y ambos
a Alicante se vinieron.
Tiernamente se despiden
y el con grandes deseos
su viaje continuó
siéndole feliz el viento.
En breve tiempo llegó
a Roma con gran contento
pasó a ver a su Santidad
parte le dio del suceso
y confesando sus culpas
con grande arrepentimiento.
En un convento se acoge
donde llorando sus hierros
hizo grandes penitencias
y pasó a gozar del reino
del cielo, pero volvamos
a la dama que en bosquejo
la dejamos hasta aquí.
Con ánimo muy resuelto
en Alicante compró
un caballo que a los vientos
imitaba en su carrera
por lo veloz y ligero.
Pasó a Valencia y en ella
entró con mucho secreto
se informó de sus padres
y supo que estaban buenos.
Una noche determina
disfrazada de ir a verlos
y a eso de las oraciones
fue a su casa con deseos.
Llegó a la puerta y tocando
a abrirla salió un buen viejo
y ella cortés le pregunta
quitándose el sombrero:
¿Vive aquí el señor Don Juan
Ramírez y Marmolejo?
Sí señor, le respondió
y entró al instante a verlo.
Se sentaron lado a lado
y dijo: Sabed, por cierto,
que vuestra hija señor
hoy se halla en este pueblo.
Tres años y medio ha estado
metida en un cautiverio
sirviendo no como esclava
porque era absoluta dueña
de la casa de su amo
y al cabo de este tiempo
la ha dado la libertad
y gran porción de dinero.
Don Juan que atento escuchaba
las razones del mancebo
al oírlo se estremece
y lloraba sin consuelo.
¡Ay hija de mis entrañas!
¡Oh si permitiera el cielo
que yo la viera en mi casa
cesarían mis desvelos!
La madre por otro lado
hacía su sentimiento
del asiento se levanta
y arrodillada en el suelo
dijo: Cese vuestro llanto
que a vuestra hija estáis viendo.
Y ahora padre y señor
perdonar mi grave yerro
y lo que pretendo es
meterme en un monasterio.
Lo pusieron por la obra
entrándose en un convento
de religiosas franciscas
donde vivió dando ejemplo.